domingo, 16 de mayo de 2010

Recomponiendo el blog


Como muchos de Uds. saben, este proyecto personal se ha extendido ya por mas de cuatro años (dos en otro servidor y dos en Blogger). Es, por cierto, un proyecto que a veces sufre de unas inevitables etapas de aparente abandono por mi parte (lo que es en parte verificable), pero lo cierto es que cada vez que encuentro algo que vale la pena compartir, trato de hacerlo sin muchas dilaciones, aunque a veces, por cuestiones de agenda y escasez del elemento "tiempo", se vean frustradas mis intenciones...
Por otra parte, he podido comprobar con cierta dosis de preocupación, que muchos links de referencia contenidos en este sitio, ya no funcionan (la movilidad y lo efímero de las cosas en Internet parece mostrarse acá con toda su crudeza). Es debido a ello que he comenzado una tarea de recomposición integral del Blog. Estoy resubiendo casi todo el material de referencia a los efectos de hacerlo nuevamente accesible y que de esa manera se cumpla con el objetivo inicial de esta propuesta: Poner a disposición de quienes visiten el sitio el material contenido en él.
Espero finalizar con esa tarea en los próximos dias, para dotar de eficacia el blog y evitar frustaciones innecesarias a mis estimados visitantes.
De igual manera, continuaré acercando nuevo material, para mantener vivo el espíritu que me animó a empezar con esta humilde tarea.
Reciban un abrazo afectuoso de mi parte y espero que en breve podamos todos disfrutar del material y de los contenidos.

sábado, 15 de mayo de 2010

El Mundo de los Espíritus


Hoy les acerco un excelente artículo de nuestro ya conocido Ladislao Vadas, acerca del proceso que llevó a los primeros humanos a forjarse la idea de un universo material y de otro supuestamente "espiritual". Vadas analiza, asimismo, el posterior desarrollo de esa idea y cómo, en la actualidad, los avances científicos y el desarrollo de las diferentes técnicas de investigación han acorralado esa idea al punto de tornarla indefendible. Vale la pena leerlo...

.
"El hombre desde siempre, ha sido un motivo de inquietud para el hombre. Un misterio que aclarar. Tanto respecto de su origen como sobre la razón de su existencia en el mundo.
Como ya he expresado en una de mis obras titulada: El origen de las creencias (Publicada por la Editorial Claridad, de Buenos Aires en 1994), lo que salvó al hombre de su autoeliminación mediante el suicidio ante los embates de una naturaleza cruel, ha sido la facultad de fantasear. Este hito en su evolución como especie animal consciente, le permitió evadirse de la cruel realidad que lo rodeaba amenazadora. Así, su mente, que por esas vicisitudes de las mutaciones genéticas, adquirió el don de la fantasía, le permitió el escape del mundo “material”, creando a su vez un mundo inmaterial: el de los espíritus y… entre ellos, dioses creadores; y de aquí precisamente es de donde el hombre pretendió explicar su propio origen.
Entre varias religiones que se ocuparon del origen del mundo, la vida y el hombre, tenemos a una que aún anda vigente por ahí, afirmando que un dios hacedor “creó al hombre a su imagen y semejanza”; una idea que adoptó el cristianismo. Pero más tarde, entró en escena la Ciencia Experimental, en una de sus ramas, la biología, para destruir este mito diciendo que: el origen del hombre se halla en un ADN primitivo.
La fantasiosa mente primitiva, pobló su entorno de seres inmateriales con poderes que daban razón de ser tanto a sus tribulaciones frente a un mundo hostil (terremotos, maremotos, erupciones volcánicas, tornados, inundaciones por lluvias torrenciales; pestes, epidemias, pandemias, enfermedades incurables tanto para buenos como para malos… y que podían ser contrarrestados mediante la invocación a ciertos espíritus salvadores); como ofrecer explicaciones de los fenómenos que lo rodeaban, buenos y malos: satisfacciones, afectos humanos, tristezas, contrariedades, amenazas, enfermedades, sufrimientos… muerte.
Así como la aparición del instinto sexual en los animales y el hombre (que es un animal más dotado de un cerebro supercomplejo), junto con el mecanismo ciego pero eficiente de la reproducción de los vegetales, así también la facultad mental capaz de crear un mundo mágico poblado de seres inmateriales, espirituales, que acompañaron muy posiblemente al ya lejano en el tiempo Pitecántropo, permitieron a éste sobrevivir y evolucionar a los tumbos hasta arribar al actual autoclasificado homo sapiens.
Ese ya lejano mundo poblado de infinidad de dioses, espíritus, almas, poderes, ángeles, demonios… seres buenos y malos, daba razón de la existencia de todas las cosas, buenas y malas. Y no sólo del mundo terráqueo, sino también de los misteriosos cuerpos celestes: el Sol, la Luna, planetas, estrellas y fenómenos como los eclipses, cometas, los ya mencionados rayos, truenos, a la par de las catástrofes telúricas como los maremotos, terremotos, erupciones volcánicas, tempestades, inundaciones, sequías, plagas de todas las especies, etc.
En todos los casos, según la mentalidad de los antiguos, se trataba de obras de los dioses. Dioses enfadados, dioses mansos; malignos o benévolos, pues de otro modo su mente primitiva sumida en las tinieblas de la ignorancia, no podía entender ni soportar lo que ocurría a su alrededor.
Como acotación al margen, leyendo Historia Universal, encuentro, cual curiosidad cronológica, que la mayor parte de la historia de la humanidad, ¡es prehistoria!, puesto que, en comparación, la historia escrita ocupa un lapso francamente exiguo: unos cinco mil años solamente, dentro de un periodo total de dos millones. Sin embargo, hoy se habla de hasta cuatro millones de años de oscura evolución humana. (Según: Zoología, de C. P. Hickman; F. M. Hickman y L. S. Robert. (Interamericana Mc Graw-Hill, 8ª edición).
Como otra acotación al margen, podeos preguntarnos: ¿Hubo o no tiempo suficiente para formarse paso a paso, un cerebro con la capacidad del hombre actual?
Retornando al tema anterior, el Homo sobrevivió millones de años, gracias a las ilusiones creadas por su cerebro, y aún hoy lo tenemos impregnado de creencias desde las más aceptadas hasta las más descabelladas e infantiles.
Podríamos llenar gruesos e interminables volúmenes escribiendo acerca del hombre, sobre su origen, historia, pensamiento, invenciones, acciones, naturaleza psíquica… bondades y atrocidades.
Esta serie de volúmenes se tornaría entonces kilométrica, si nos propusiéramos describir todos los pensamientos y andanzas de este fenómeno biológico consciente, inteligente y polifacético que hoy domina el planeta entero. Bastaría también recorrer todas las más grandes bibliotecas del orbe, para asombrarnos de las manifestaciones de este autodenominado “rey de la creación”. Más aún, aunque fuéramos supralongevos, viviendo quizás los matusalénicos 969 años (según el fantasioso texto bíblico), no nos bastaría ese tiempo para conocer absolutamente todo lo que ha pensado, escrito y hecho este inquieto y contradictorio espécimen que comenzó siendo un ADN libre sobrenadando en las superficies oceánicas.
No voy a recapitular aquí toda su filogenia (historia de la formación y desarrollo de una especie biológica por evolución), pero sí trataré de ser lo más conciso posible en esta materia de corte antropológico.
Hoy sabemos que la vida se originó accidentalmente en una gigantesca “retorta”, que fueron los océanos. Allí comenzó a animarse el primer “plasma” viviente que consistió en una cadena de elementos genéticos; en una especie de código, resultado de trillones, cuatrillones… y quizás algo más de combinaciones y recombinaciones, el cual por multiplicación y acumulación de nuevos elementos químicos del entorno fue complejizándose. Este ha sido el origen del hombre, un torrente de elementos químicos, menos que químicos, de formas energéticas de esencia empaquetada confluyendo hacia los genes libres que los “succionaban”.
Esta es la teoría por mí (según mis estudios) más aceptada del origen de la vida, y por ende, del hombre. Todo esto, como se ve, entronca con mis conceptos ya expuestos en el capítulo IV.
Luego de haber incursionado profundamente, entre otras materias, en la biología actual, puedo afirmar a ciencia cierta que después de una larga transformación faunística (la cual muchos biólogos denominan evolución, que no siempre es tal, y menos en forma dirigida por algún ente creador, de modo directo, ya que aún hoy subsisten animales tan primitivos como la ameba, los peces (entre ellos los antiquísimos tiburones), los anfibios, batracios, reptiles, mamíferos primitivos (marsupiales), aves, insectos, gusanos y otras remotas formas de vida, (véase mi obra capital: La esencia del universo (Editorial Reflexión, Buenos Aires, 1991) se formó todo lo que hoy vemos en materia de seres vivientes.
Y un detalle más para destronar todo concepto de que el hombre actual es el pináculo de la evolución. El hoy autoclasificado como género Homo, especie sapiens, subespecie sapiens, es una forma viviente en transición. En el futuro lejano, no seremos así como somos si no interviene (negativamente en este caso) la ciencia genética para mantenernos en nuestro actual estado.
En realidad, lejos de consistir en una creación definitiva por obra y gracia de algún dios de los tantos que pulularon en el pasado y subsisten en el presente en la imaginación de la gente, somos en realidad un proceso biogenético que nos transforma continuamente por causa de la incidencia de los rayos cósmicos, entre otros factores mutágenos que inciden en nuestro plan genético, alterándolo.
Repito, el hombre no es un resultado final de la biogenia, como un corolario de la evolución (y menos aún un ser creado definitivamente por algún hipotético ente suprainteligente ¡Por favor! ¡Dejémonos de fantasías trasnochadas! ¡De pseudociencias y mitos como “cierta creación en seis días” (y uno de descanso) según cierto texto tenido por palabra de un dios para una fracción de la población del orbe! (Biblia judeocristiana).
Lo que hizo creer al hombre (a mí ya no, porque me he adelantado; he sabido emerger de esa “torre de marfil” en que se halla aún encasillado el ser humano en general) en un origen sobrenatural, creación de un inventado Ser Supremo, ha sido su completa ignorancia de las ciencias (física, química, bioquímica (química del carbono), y la biología.
Antaño siempre han sido las pseudociencias, las que dominaban la mentalidad primitiva, hoy la Ciencia Experimental amalgamada con la razón es la que arrolla a todo ese mundo pleno de fantasías y supersticiones a veces peligrosas cuando se amalgaman con el fanatismo.
Una vez que los investigadores incursionaron profundamente en estas materias, aún quedaban por explicar el psiquismo, ese fenómeno capaz de crear todo un mundo de fantasías y… pseudociencias.
Entonces hubo un escape al enigma de la mente humana La explicación de tanto prodigio, surgió de la mente misma: esta fuga consistió en la creación de una supuesta sustancia añadida a los seres materiales: el espíritu, lo espiritual. Este invento el espíritu, como principio vital, soplo de Dios, conciencia, inteligencia, voluntad, entendimiento; tapó durante millones de años, desde el Pitecántropo hasta el hombre actual, la auténtica naturaleza del psiquismo, como un proceso físico-químico.
¡Pseudociencias! ¡Oh pseudociencias! ¡Cuánto tiempo han durado! Y… aún subsisten y ¡a montones!
Aún hoy, vemos, que la mayoría de las personas creyentes en lo simple, lo espiritual, se horrorizan ante la sencilla insinuación de que eso que se denomina alma, sea un producto del accionar de la esencia energética del Universo. Es decir, nada separado de la mal denominada y peor conceptuada materia.
Recordemos que en otro escrito he explicado que, tanto los materialistas como los espiritualistas, “se podrían dar la mano, porque ambos estaban equivocados. Ahora vuelvo a machacar sobre el tema reinterando que, no existe ni lo material ni lo espiritual, sino esencia del Universo, como energía que se manifiesta polifacéticamente. Esta es mi querida teoría explicada en varios de mis libros.
Y más aún, en este punto, me siento motivado a reiterar que esa mi esencia universal como energía no es en absoluto el ente que imaginaron y manejan los señores ocultistas que confunden a la gente que no tiene base científica, y echan mano de una borrosa “energía” que no saben explicar correctamente, que por más que se la busque, no aparece por ninguna parte. ¡Sólo existe en la imaginación!
Entonces, retornando a la pregunta ¿qué es el hombre?, podemos responder sin lugar a equivocarnos, que desde el punto de vista físico, químico biológico y psíquico, se trata de un conjunto de moléculas, átomos (protones, neutrones, electrones, quarks… esencia) que interactúan coordinadamente a raíz de un impulso inicial ordenado por el ADN (ácido desoxirribonucleico) que consiste en una cadena de sustancias químicas unidas, denominadas: adenina, timina, citosina y guanina, (también nombrada plan genético).
De ahí se formaron todos los seres vivientes, virus, bacterias, vegetales y animales. Entre estos últimos naturalmente también nosotros que, muy a pesar de aquellos que creen que somos una creación aparte con cuerpo y alma por obra y gracia de algún supuesto ser divino, en realidad estamos emparentados con las ortigas, cactus, rosales, coníferas (plan genético de por medio)… tanto como con los tiburones cocodrilos, lechuzas, camellos y demás representantes de la rica fauna planetaria.
Nuestras bases se hallan allí, en los genes apuntadores de derroteros biológicos. Sólo existe una diferencia de grado de complejidad neuronal con los demás animales (aún reconociendo el salto del chimpancé al hombre).
Los moluscos poseen un ganglio cerebral; los insectos tienen cerebro; los peces poseen memoria, lo mismo los saurios, las aves y el elefante junto con todos los mamíferos restantes.
Allí se hallan nuestras raíces y los parentescos. Provenimos de la rama de los primates: lemures, musarañas arborícolas, tarseros, lorises y potos. Estamos emparentados con los monos antropomorfos. Pertenecemos al suborden de los Antropoideos (del griego: anthropos: hombre) que comprende las superfamilias: ceboideos, cercopitecoideos y hominoideos (del latín: homo, hominis). Estamos notablemente emparentados con los gibones, gorilas, orangutanes y chimpancés, que pertenecen a la familia de los póngidos, mientras que el Homo sapiens, es decir nosotros, correspondemos a la familia Homonidae.
Nuestro ancestro homínido más primitivo fue clasificado como Australopithecus afarensis, un casi humano que según cálculos vivió hace casi 3 millones de años en África.
Las nuevas pruebas genéticas revelan que el hombre y el chimpancé difieren solamente en un 2,5 % de sus genes.
Ahora bien, creo que mejores argumentos que éstos no podemos ofrecer acerca de nuestros orígenes.
Si un cerebro de reptil memoriza (he tenido varios en cautiverio, además de otros especímenes con fines etológicos), un cerebro de chimpancé aprende a resolver sorprendentemente múltiples problemas durante las experiencias a que es sometido por los biólogos, entonces nuestras bases están ahí, el concepto de alma huye, vuela, fue humo, desaparece. Fue sólo una salida provisoria, un invento para explicar nuestro pensamiento.
Son nuestras neuronas, su número y calidad, las que crean psiquismo. Los seres primitivos también las tienen, pero en mucha menor cuantía. Una gallina no puede resolver un teorema, porque tiene escasas neuronas y quizás de mala calidad, pero un loro (aunque tampoco puede resolver un teorema) ya posee una sorprendente mayor capacidad de aprendizaje. (Lo sé por experiencias personales con estos psitácidos). En cambio si el número de neuronas del cerebro humano es de aproximadamente 10.000 millones, ¿cómo entonces no iba a aparecer el arte, la literatura (cuento, novela, poesía), la música, la filosofía, la ciencia y la tecnología? (Aunque… por desgracia, no fueron todo flores si nos fijamos en la faz negativa del Homo: guerras, invasiones, esclavitud, torturas, asesinatos, abusos… y un largo etcétera, ante lo cual me dan ganas de gritar fuerte: ¡Basta de todo esto, por favor!).
Y sin embargo, todas estas lacras que padece la humanidad, confirman nuestro origen como el de todos los animales de la Tierra aunque estos son perdonables ya que los bichos se hallan muy distanciados de la maldad humana. Somos así por transformación de unos seres en otros por mutaciones genéticas ciegas, al azar. Somos un producto más y momentáneo del devenir biológico y nos sorprendemos de nosotros mismos por todo lo que somos capaces de hacer.
Poseemos agresividad, mansedumbre, egoísmo, amor, envidia, sumisión, saña… y un largo etcétera, como los animales, todo mezclado, porque somos un animal más. Lejos de consistir en “creaciones fijas”, somos un episodio en transición. Lejos de ser algo definitivo, un corolario de la evolución, somos provisorios y mañana (léase: al cabo de un lejano tiempo), seremos psicosomáticamente diferentes. ¡Si llegamos…!
¡Qué lejos está ahora la idea del alma inmortal, invento de nescientes!
La creación mental de este supuesto ente inmaterial, también surgió como una necesidad para explicar tanto portento como lo es la mente humana que se asombra de sí misma. Fue porque el hombre se encontró de pronto, después de una larga evolución, al espejo de sí mismo. Y como no podía explicar sus funciones psíquicas, inventó lo espiritual, como algo separado de la “burda” materia. Por eso, el primitivo, prácticamente impregnó su entorno de espíritus y también se atribuyó a sí mismo un alma inmortal. Todo para explicar tanto misterio.
Además, al mismo tiempo ese invento la ilusión del alma como explicación de lo inexplicable ante la aparición de la Ciencia y la tecnología, le sirvió para huir de la idea de la aterradora muerte como tránsito hacia la nada. En otras palabras, el Homo, desde su etapa primitiva, atribuyó al alma espiritual, la inmortalidad, como una salida victoriosa frente al abismo de la nada tras la muerte.
Las “mil y una pseudociencias, se valen de esta ignorancia acerca de lo que somos, e inventan “mil” modos de embaucar a las gentes con un propósito de lucro, como en el caso del famoso espiritismo que nos permite, según los chantas, nada menos que, ¡conversar con los muertos!"

Ladislao Vadas (Para Tribuna de Periodistas)

viernes, 16 de abril de 2010

UNA PELICULA EXCEPCIONAL...

Después de algún tiempo sin actualizar este blog, debido fundamentalmente a una lamentable falta de tiempo material, hoy quiero retomar, en la medida de lo posible, acercando material relevante y en total concordancia con el espíritu de este espacio.
Acabo de ver una película que realmente me impactó y espero que quienes lo hagan, experimenten las mismas sensaciones que tuve yo.

AGORA:
Siglo IV. Egipto bajo el Imperio Romano. Las violentas revueltas religiosas en las calles de Alejandría alcanzan a su legendaria Biblioteca. Atrapada tras sus muros, la brillante astrónoma Hipatia lucha por salvar la sabiduría del Mundo Antiguo con la ayuda de sus discípulos.

Entre ellos, los dos hombres que se disputan su corazón: Orestes y el joven esclavo Davo, que se debate entre el amor que le profesa en secreto y la libertad que podría alcanzar uniéndose al imparable ascenso de los cristianos.

sábado, 14 de noviembre de 2009

CHARLES DARWIN Y EL ARBOL DE LA VIDA

Charles Darwin y el Árbol de la Vida 2009 es un documental de televisión sobre Charles Darwin y su teoría revolucionaria de la evolución por selección natural, producida por la BBC para conmemorar el bicentenario del nacimiento de Darwin. Es parte de la Temporada de Darwin BBC. El presentador, David Attenborough, se describe el desarrollo de la teoría de Darwin a través de sus observaciones de animales y plantas en la naturaleza y en el estado doméstico, visitar lugares importantes en la vida de Darwin, incluyendo Down House, Universidad de Cambridge y el Museo de Historia Natural, y utilizando imágenes de archivo de documentales de naturaleza muchos Attenborough para la BBC. Se analiza la evolución de la teoría desde sus comienzos, y su impacto revolucionario en la forma en que los seres humanos ven a sí mismos - no por tener el dominio sobre los animales como La Biblia , dice, sino como parte del mundo natural y con sujeción a las mismas fuerzas que rigen el control de toda la vida en la Tierra....





CALLEJEROS: LA FE CIEGA

Interesante documento, realizado por el programa español "Callejeros", donde se exponen diversas "expresiones de fe" que pululan por doquier. Parece mentira, pero en pleno siglo XXI subsisten expresiones propias del medioevo, aunque seguramente, estimulados por algún fundamento netamente mercantilista y comercial.


martes, 10 de noviembre de 2009

COSMOS (Carl Sagan)

Hace algún tiempo publiqué en este mismo blog los enlaces para descargar la serie completa de videos correspondientes a ese monumento intelectual llamado Cosmos, del cientifico Carl Sagan. Luego de haber recibido algunas inquietudes sobre determinados problemas de descarga por parte algunos visitantes de este sitio, trataré de subsanar en parte dicho desliz y en virtud de ello les presento la serie completa para ser visualizada online directamente desde Tu.tv.

Sobre la obra en si, creo que huelgan los comentarios, excepto mencionar que se trata de un verdadero clasico en materia de divulgación científica.





Capitulo 1 - En la orilla del oceano cosmico



Videos tu.tv


Capitulo 2 - Una voz en la fuga cósmica


Videos tu.tv



Capítulo 3 - La Armonía de los mundos


Videos tu.tv




Capítulo 4 = Cielo e Infierno


Videos tu.tv




Capítulo 5 - Blues para un Planeta Rojo


Videos tu.tv




Capítulo 6 - Historias de Viajeros


Videos tu.tv




Capítulo 7 - El Espinazo de la Noche


Videos tu.tv




Capítulo 8 - Viaje a traves del Espacio y el Tiempo


Videos tu.tv




Capítulo 9 - La Vida de las Estrellas


Videos tu.tv




Capítulo 10 - El Filo de la Eternidad


Videos tu.tv



Capítulo 11 - La Persistencia de la Memoria


Videos tu.tv




Capítulo 12 - Enciclopedia Galáctica


Videos tu.tv




Capítulo 13 - Quien habla en nombre de la Tierra?


Videos tu.tv

lunes, 9 de noviembre de 2009

Carta al seis mil millonésimo ciudadano del mundo


El escritor británico Salman Rushdie, condenado en 1989 en Irán, dirige esta reflexión al habitante del mundo que acaba de nacer. Le advierte que las "historias" de la religión le agradarán, pero a poco descubrirá que se le exigirá que viva sometido a sus leyes e iniquidades. De este modo, inicia una crítica laica a la fe.


Querida pequeña persona viva número seis mil millones:

Como miembro más reciente de una especie sabi damente inquisitiva, es probable que no tardes mucho en empezar a hacerte las dos preguntas de los sesenta y cuatro mil dólares con las que los otros 5.999.999.999 humanos venimos lidiando desde hace tiempo: ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Y ahora que esta mos aquí, ¿cómo vamos a vivir?

Curiosamente –como si no nos bastara con seis mil millones de congéneres–, casi con toda seguridad te insinuarán que para en contrar respuesta a la pregunta del origen es necesario que creas en la existencia de un Ser más, invisible, inefable, presente "en algún sitio por ahí arriba", un creador omnipotente a quien nosotros, pobres criaturas limitadas, somos incapaces siquiera de percibir, y menos aún de comprender. Es decir, te alentarán con insistencia a imaginar un cielo con al menos un dios residente. Este dios-cielo, dicen, creó el universo revolviendo su materia en una olla gigante. O bailó. O vomitó la Creación de sus propias entrañas. O simplemente pronunció unas palabras para dar le existencia y, ¡zas!, existió.
En algunas de las historias de la creación más interesantes, el dios-cielo único y poderoso se subdivide en muchas fuerzas menores: deidades subalternas, avatares, "ancestros" metamórficos gigantescos cuyas aventuras crean el paisaje, o los panteones caprichosos, arbitrarios, entro metidos y crueles de los grandes politeísmos, cuyas desaforadas hazañas te convencerán de que el motor verdadero de la creación fue el anhelo: de poder infinito, de cuerpos humanos que se rompen con excesiva facilidad, de nubes de gloria. Pero justo es añadir que hay asimismo historias que transmiten el mensaje de que el impulso creador primigenio fue, y es, el amor.

Muchas de estas historias se te antojarán sumamente hermosas y, por tanto, seductoras. Ahora bien, por desgracia, no te exigirán una respuesta a ellas puramente literaria. Sólo las historias de religiones "muertas" pueden valorarse por su belleza. Las religiones vivas te exigen mucho más. Te dirán, pues, que la fe en "tus" historias y la adhesión a los rituales de veneración que se han desarrollado en torno a ellas deben convertirse en parte esencial de tu vida en este mundo abarrotado de gente. Las llamarán el corazón de tu cultura, incluso de tu identidad individual. Puede que en algún punto las sientas como algo de lo que es im posible escapar, imposible escapar no como de la verdad, sino como de la cárcel. Acaso en algún punto dejen de parecerte textos en los que unos seres humanos han in tentado resolver un gran misterio y te parezcan, en cambio, los pre textos para que otros seres huma nos debidamente ungidos te den órdenes. Es cierto que la historia humana está llena de esa opresión pública forjada por los aurigas de los dioses. En opinión de las personas religiosas, no obstante, el consuelo íntimo que procura la religión compensa con creces el mal obrado en su nombre.

A medida que ha aumentado el conocimiento humano, ha que dado claro asimismo que toda narración religiosa sobre cómo llegamos aquí está totalmente equivocada. En última instancia, esto es lo que tienen en común todas las religiones: no acertaron. No hubo revoltillo celestial, ni danza del hacedor, ni vómito de galaxias, ni antepasados canguros o serpientes, ni Valhalla, ni Olimpo, ni un truco mágico de seis días seguido de un día de descanso. Todo mal, mal, mal. Pero en este punto nos encontramos algo realmente extraño. El error de los relatos sagrados no ha mermado el fanatismo del devoto. Es más, el simple delirio inconexo de la religión conduce al religioso a insistir de manera cada vez más estridente en la importancia de la fe ciega.

De resultas de esta fe, dicho sea de paso, en muchas partes del mundo ha sido imposible impedir el alarmante crecimiento del número de seres humanos. Cul­pemos de la superpoblación del planeta, por lo menos en parte, al deplorable sentido de la orientación de los guías espirituales de la especie. En tu propio tiempo de vida, bien puede ocurrir que seas testigo de la llegada del nueve mil millonésimo ciudadano del mundo. Si eres indio (y tienes una entre seis posibilidades de serlo), aún estarás vivo cuando, gracias al fracaso de la planificación familiar en ese país pobre y dejado de la mano de Dios, su población supere a la china. Y si como resultado de las restricciones religiosas sobre el control de la natalidad nacen demasiadas personas, también morirán demasiadas personas, porque la cultura religiosa, negándose a afrontar las reali­dades de la sexualidad humana, también se niega a luchar contra la propagación de enfermedades de transmisión sexual.

Hay quienes dicen que las grandes guerras del nuevo siglo volverán a ser guerras religiosas, yihads y cruzadas, como en la Edad Media. Aunque, desde hace ya años, suenan en el aire los gritos de guerra de los fieles mientras convierten sus cuerpos en bombas de Dios, y también los alaridos de sus víctimas, me he resistido a creer en esta teoría, o al menos en el sentido que le da la mayoría.

Llevo tiempo afirmando que la teoría del "choque de las civilizaciones" de Samuel Huntington es una simplificación excesiva: que la mayoría de los musulmanes no tienen el menor interés en participar en guerras religiosas, que las divisiones en el mundo musulmán son tan profundas como sus elementos comunes (si te cabe alguna duda de que esto es así echa una ojeada al conflicto suní-chií en Irak). Apenas puede encontrarse nada que se parezca a un objetivo islámico común. Incluso cuando la OTAN no islámi calibró una guerra a favor de los albaneses kosovares musulmanes, el mundo musulmán fue remiso a la hora de ofrecer la muy necesaria ayuda humanitaria.

Las auténticas guerras religio sas son las guerras que las religiones desatan contra ciudadanos corrientes dentro de su "esfera de influencia". Son guerras de los píos contra los prácticamente indefensos: los fundamentalistas estadounidenses contra los médicos partidarios de la libre elección, los mulás iraníes contra la minoría judía de su país, los talibanes contra el pueblo afgano, los fun­damentalistas hindúes de Bombay contra los musulmanes cada vez más asustados de la ciudad.

Y las auténticas guerras religiosas son asimismo las guerras que las religiones desatan contra los no creyentes, cuya intolerable incredulidad se recalifica como de lito, como razón suficiente para su erradicación.

Pero con el paso del tiempo me he visto obligado a reconocer una cruda realidad: que la masa de los llamados musulmanes corrientes parece haberse dejado embaucar por las fantasías paranoicas de los extremistas y parece dedicar una mayor parte de su energía a la movilización contra caricaturistas, novelistas o el Papa, que a conde nar, privar de derechos civiles y expulsar a los asesinos fascistas que habitan entre ellos. Si esta mayoría silenciosa permite que se libre una guerra en su nombre, se convertirá finalmente en cómplice de esa guerra.

Por tanto, quizá sí se ha iniciado, al fin y al cabo, una guerra religiosa, porque está permitiéndose a los peores de nosotros dictar las prioridades de los demás, y por que los fanáticos, que no se andan con chiquitas, no encuentran opo sición suficiente entre "su propio pueblo".
Y si eso es así, los vencedores de dicha guerra no deben ser los estrechos de miras que, como siempre, marchan a la batalla con Dios de su lado. Elegir la in­credulidad es elegir el espíritu so bre el dogma, confiar en nuestra humanidad y no en todas esas peligrosas divinidades. Así pues, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? No busques la respuesta en las narraciones "sagradas". Puede que el imperfecto conocimiento humano sea un camino lleno de baches y hoyos, pero es el único camino a la sabiduría digno de seguirse. Virgilio, que creía que el apicultor Aristeo podía generar espontáneamente abejas nuevas a partir de una vaca muerta en descomposición, estaba más cerca de la verdad sobre el origen que todos los libros venerados de la Antigüedad. Las sabidurías an cestrales son tonterías modernas. Vive en tu tiempo, utiliza lo que sabemos, y cuando crezcas, quizá la especie humana haya crecido por fin contigo.

Como dice la canción: "Es fácil si lo intentas".

En cuanto a la moralidad, la segunda gran pregunta –¿cómo vivir?, ¿cuál es la actuación correcta y cuál la incorrecta?– se reduce a tu predisposición a pensar por ti mismo. Sólo tú puedes decidir si quieres que la ley te sea entrega da por sacerdotes y aceptar que el bien y el mal son cosas de algún modo externas a nosotros. A mi juicio, la religión, incluso en su forma más elaborada, en esencia infantiliza nuestra identidad ética estableciendo árbitros infalibles de la moral y tentadores irredimi-blemente inmorales por encima de nosotros: los padres eternos, el bien y el mal, la luz y las tinieblas, el reino sobrenatural.

¿Cómo, pues, vamos a tomar decisiones éticas sin un reglamento divino o un juez? ¿Es acaso la incredulidad el primer paso en la larga caída hacia la muerte cerebral del relativismo cultural, conforme al que muchas cosas insoportables –la circuncisión femenina, por citar sólo un caso– pueden disculparse por motivos culturalmente específicos, y la universalidad de los derechos humanos puede también pasarse por alto? (Esta última muestra de negación moral encuentra partidarios en algunos de los regímenes más autoritarios del mundo, y también, inquietantemente, en las páginas de opinión del Daily Telegraph.)

Bien, pues no lo es, pero las razones para dar esta respuesta no están claramente definidas. Sólo una ideología de línea dura está claramente definida. La libertad, que es la palabra que empleo para la posición ética secular, es ine vitablemente más confusa. Sí, la libertad es ese espacio donde puede reinar la contradicción; es un debate interminable. No es en sí misma la respuesta a la pregunta de la moralidad, sino la conversa ción sobre esa pregunta.

Y es mucho más que simple relativismo, porque no es simplemente una tertulia interminable, sino un lugar donde se toman decisiones, se definen y defienden valores. La libertad intelectual, en la historia europea, ha represen tado sobre todo libertad respecto a las restricciones de la Iglesia, no del Estado. Esta es la batalla que libró Voltaire, y es también lo que nosotros, los seis mil millones, podríamos hacer por nosotros mismos, la revolución en la que cada uno de nosotros podría des empeñar nuestro pequeño papel, una seis mil millonésima parte del total. De una vez por todas, podríamos negarnos a permitir que los sacerdotes, y las ficciones en cuyo nombre afirman hablar, sean la policía de nuestras libertades y nuestro comportamiento. De una vez por todas, podríamos devolver las historias a los libros, devolver los libros a las estanterías y ver el mundo sin dogmas y en toda su sencillez. Imagina que el cielo no existe, mi querido seis mil millonésimo, y de inmediato no habrá más límite que el cielo.